Había una vez… y muchas veces.

Las relaciones de pareja se construyen en la ilusión constante de ser una y para siempre, hasta viejitos, para andar de la mano juntos viendo atardeceres. 

En los últimos cinco años por alguna causa extraña de mi naturaleza muy femenina, muchas personas conocidas, desconocidas, o totalmente extrañas, me cuentan sus historias de amor que muchas veces no terminan en: “y fueron felices por siempre”. 

Esto me ha llevado a comprender que lo primero que olvidamos cuando iniciamos una relación de pareja es que la otra persona es un “humano”; endiosamos, ponemos alas y aureolas, y la visión de marco rosado en la que colocamos todos sus actos resplandece con tanta fuerza que nos nubla la visión y nos aleja de la realidad. 

Elaboramos toda una estrategia para vivir un cuento de hadas que, claro, puede existir, pero olvidamos nuestra piel, nuestras carnes y huesos, la vida, la misma que nos ha dado la experiencia para ser y estar en el presente, para ser como somos. Realmente no será un cuento de hadas, será una vida humana en plenitud. 

Las historias de felicidad se suelen confundir con momentos eternos de alegría incesante. La exaltación se constituye en un elemento primordial: queremos permanecer sorprendidos, pensamos que los silencios son la manifestación de que algo está mal o que la ausencia momentánea es un indicador de un distractor, generalmente un tercero, y así elaboramos unos diálogos internos en perspectiva de “desconocer” al otro, al que elaboramos en nuestra imaginación en la etapa de enamoramiento. Príncipes y princesas salen del castillo a vivir en la ciudad, en donde el caos es protagonista. 

AL RESCATE EN UN NOBLE CORCEL

La princesa se encuentra en la última habitación de la torre más alta del castillo custodiado por dragones esperando a ser rescatada. El príncipe corre en su noble corcel, atravesando campos y luchando con dragones para poder rescatar a la princesa y sellar su unión con un beso de amor. 

Al príncipe y la princesa les falto la parte en donde se conocen, en donde los esqueletos del armario suelen salir a la luz, en donde la identidad aflora y los miedos se manifiestan a través de celos e inseguridades; les faltará el momento de discutir por la llamada esperada, por las ganas de dormir que superan las de hablar hasta altas horas de la noche; les faltó la parte de conocer a los otros que hacen parte de la vida, la familia, los amigos, los pasados, todo aquello que compone la esencia del ser, ¡tanto así, que por momentos pensamos que no podemos con tanto!

La princesa se presenta como una figura virginal, inmaculada, vulnerable y desprotegida, que requiere que un hombre, un príncipe, la ubique, le dé la claridad que ella necesita para establecerse, pero, sobre todo, le dé el soporte económico y social para poder pertenecer. 

El príncipe, necesita esa princesa en su vida, necesita el toque femenino (lo que sea que esto quiera decir), una mujer que le cuide y le alabe, que guarde sus espaldas, y que al final del día, agotado de recorrer los bosques en su corcel, le dé un buen café. 

En realidad lo que queremos, y tal vez necesitamos, es alguien que comprenda lo que somos, que viva nuestra humanidad, que nos acompañe en el dolor, angustia y tristeza; que en los momentos de alegría sea la primera persona que busquemos con la mirada, y que sus besos nos hagan cerrar los ojos, que nos mire con magia y nos inspire a ser mejores. ¡Sin caballos blancos, sin castillos, ni brujas! Queremos compartir la vida, abrigarnos en los latidos de un corazón y bailar despacio. 

Los dos merecemos ser rescatados. 

CAMBIAR EL CUENTO

Las relaciones de pareja que tenemos son finalmente producto de las elecciones que hacemos. Nos ubicamos en un contexto en donde creemos saber qué príncipe o princesa queremos, pero cuando nos acercamos, no verificamos que en realidad sea el mismo prospecto. Lo acomodamos y justificamos sus formas porque, de fondo, ese es el príncipe o princesa más cercano y nos amoldamos, pero con el tiempo nos desilusionamos porque no cumple con las expectativas y estándares (como si fueran productos) que imponemos sobre ellos. 

El cuento inicia antes. Comienza cuando te reconoces como princesa, príncipe, bruja, dragón o árbol del bosque encantado: sin pretensiones. De verdad mirando qué tienes adentro para ofrecer en una relación de pareja de a dos (la cantidad de personas será negociable).

Luego, identifica si quieres príncipe, princesa, árbol, manzana o dragón en su relación: aclara y establece filtros acerca de la persona que acompañará el presente, el camino a recorrer. Esto le permitirá identificar cuáles son las características, cualidades y defectos con los que se puede encontrar, cuáles cosas son o no negociables, y luego de allí, sí empiece a caminar por los mágicos bosques de su cuento. 

Y COMIERON PERDICES

Solos o acompañados, los finales deberán ser felices. Debemos dejar de imponer a los demás las cargas de nuestras emociones. Es muy diferente vivir el cuento cuando somos nuestros propios protagonistas. Es válido cambiar, pero no en función de la pareja, siempre en función de mejorar. 

Si las perdices las deben comer por separado, no las mezcle con lágrimas; primero llore, desahóguese, no envenene la manzana que se va a comer, evalúe qué falló de parte y parte, no piense que perdió el tiempo, porque al final usted tomó la elección de escribir esa historia. Las perdices serán un plato para disfrutar cuando reconozca que la plenitud de la pareja nace cuando se está interiormente listo para compartir la vida.

Te recomiendo leer: Como agua para chocolate de Laura Esquivel. 

Te recomiendo: Elabora una lista de las características que tienes como pareja, identifica cuales son tus virtudes, tus debilidades, qué estarías dispuesto a transformar siempre y cuando no altere tu esencia. 

Blog

Nathaly Ospino

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Photo by Chermiti Mohamed on Unsplash

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